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September 21st, 2009

Carta a mi amante dormida

Te sorprendí, apuñalé y destripé, te desangré poco a poco y rellené con tus vísceras la olla a medio llenar. Te embocé con serrín, tanto que incluso te salió por la boca, y cosí después cada milímetro de tu piel rasgada con aquel hilo fuerte que usaba para ir a pescar al muelle.  Vigilando no estropear más tu cenicienta carne, te vestí con tu mejor traje y te acosté en la cama. Luego me dediqué a observarte.

Sabes, eres más linda así que cuando no parabas de gritarme y quejarte por todo. Incluso me pones más. Sin ese cerebro que hace un rato te saqué por la nariz a trocitos, y sobretodo sin esos ojos tuyos que tengo guardados en el primer cajón de los cubiertos. Eres tan bonita que me gustaría sacarte a pasear, como aquel perro que tuvimos y que desapareció. Recuerdo que te pusiste triste por eso. A estas horas deberías saber que lo destripé y te lo dí de comer en dulces dosis.

Tu carne la comeré con esmero y despacio para saborearla. Debe estar mucho más rica que tu cuerpo, tu sed y tu humedad. ¿Pensaba, mi tierna amante dormida, que iba a dejarte descansar tan ricamente en tu lecho de muerte, realmente creíste que iba a respetar tu descanso eterno?

Poco me estremecían tus gritos hace unas horas, mientras te perforaba una y otra vez con mi punzón para picar hielo... Miles de puñaladas en tu estómago, por tus muslos, tu ano, tu sexo; incluso te has quedado sin lengua. Y sobretodo, no dejo de pregutarme como ha sido tan fácil.

Te digo adiós mi cielo, mi dulce amante dormida.